Los
correos electrónicos enviados por zalameros son perfectos para
contener virus. También son promiscuos: con suerte, el usuario no
habrá sido el primero en recibirlo y puede que el antivirus lo
haya detectado y bloqueado antes en centenares, quizá miles de
ordenadores. Pero ¿y si no es así? ¿Qué ocurre con los virus que
aún no han hecho saltar las alarmas de los programas de protección?
Cuando
la tecnología disponible no funciona, las grandes empresas
recurren a la mano de obra humana. Emplean enormes contingentes de
informáticos especializados en rastrear y etiquetar los nuevos virus
en miles de emails. Uno de los mayores laboratorios del mundo
dedicado a esta labor se encuentra en el área metropolitana de
Manila, la capital de Filipinas: la sede de la empresa Trend Micro.
El software bloquea
6.000 millones de amenazas por día, automáticamente. El resto recae
en estos informáticos. Solo el spamy, el spearphising (estratagemas
para acceder a los datos confidenciales) protagonizan a diario entre
3.000 y 5.000 de los emails que analiza uno de los subequipos. 150
personas biopsian los archivos adjuntos sospechosos. Además
de los correos electrónicos, las páginas webs son un caldo de
cultivo de muchos nuevos virus: en este laboratorio se escrutan 180 a
mano. Evalúan el peligro y la rareza del nuevo software maligno;
lo etiquetan y lo remiten a los expertos que, a corto o medio plazo,
darán con su cura y
la incluirán en la siguiente actualización de los antivirus.

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